Según la teoría de la evolución de las especies, hace millones de años existían muchas especies de simios, cada una de las cuales se diferenciaba de las demás por ciertas características.

Todas formaban parte de la gran familia de los Primates, y entre ellas se encontraba la especie de la que desciende el hombre. Cada especie siguió su propio camino y evolucionaron en el transcurso de los milenios hasta convertirse en los actuales lémures, tarsios, monos y… hombres.

En una época que se pierde en la noche de los tiempos, nuestros lejanos antepasados bajaron de los árboles en los que vivían junto con sus parientes los Primates, y se adaptaron a la vida en el suelo gracias a una gran conquista: la postura erecta. Efectivamente, el hombre es el único Primate que permanece erguido cuando está de pie porque los huesos de sus caderas son diferentes de los de otros Primates y le permiten estar de pie.

Esta posibilidad le ofreció una oportunidad única: le dejó las manos libres. Y éstas tenían el pulgar oponible, al igual que las de los demás Primates, pero ya no debía utilizarlas para caminar, por lo que las empleó en otras tareas y empezó a construir objetos.