En los primeros tiempos de su hostoria, los romanos comían en el atrio de sus casas, en mesas desmontables.

Cuando empezaron a enriquecerse, imitaron las costumbres de los etruscos y de los griegos y construyeron en sus casas los triclinios, comedores en los que comían recostados en unos lechos.

Al estar echados, los comensuales no podían cortar los alimentos.

Los siervos traían las fuentes con los manjares para que los presentes los admirasen y, después, los trinchaban y repartían en los platos.

Los comensuales utilizaban las manos.